Muchos de nosotros hemos tenido la experiencia de necesitar subir a un piso alto para realizar alguna gestión de gran relevancia en momento en que los ascensores están dañados. No importa cuan fatigoso o incómodo resulte, sin ascensor, la mayoría tenemos la opción de subir por las escaleras. Sin embargo, si la puerta que accesa a las escaleras esta cerrada, una sensación de impotencia y frustración, se apodera de nosotros al impedirse nuestro propósito. Es precisamente esa sensación la que experimenta una persona con discapacidades ante las innumerables barreras arquitectónicas y de actitudes que enfrenta en su diario vivir.
La aprobación de diversas leyes federales y locales han pretendido resolver de alguna forma la situación. En 1968 se aprobó la Ley de Barreras Arquitectónicas de 1968 (42 U.S.C. §§ 4151 et seq. ); en 1973, en las secciones 502 y 504 de la Ley de Rehabilitación Vocacional se vuelve a garantizar el derecho de las personas con discapacidades a tener libre acceso a todos los programas y facilidades públicas. En 1990, la Ley para los Americanos con Discapacidades (ADA), es aprobada requiriendo que se implanten todas las medidas necesarias que garanticen a la persona con discapacidades el disfrute de una vida plena e integrada en todas las actividades de la comunidad que habita. Décadas de leyes favorables han pasado y aun en el nuevo siglo 21, persisten barreras que condicionan la participación efectiva y la aportación óptima de las personas con discapacidades al quehacer del mundo que les rodea.
La leyes pueden garantizar los derechos; pero no pueden obligar la total inclusión de la persona con discapacidades en su sociedad si persisten los prejuicios y la falta de aceptación de aquellos llamados a patrocinar una participación equitativa en igualdad de condiciones. Son los obstáculos emocionales, atitudinales y sociales, producto del desconocimiento, los que crean el verdadero impedimento que mantiene a la persona con alguna discapacidad en desventaja. Es por eso, que mas allá de eliminar las limitaciones estructurales, es fundamental se cambie la forma de pensar, de percibir y de valuar a la persona con discapacidades.
Surge entonces la contradicción. Mientras los avances en el campo de la medicina, la tecnología y la educación capacitan a mas personas a vivir una vida activa y productiva, con igual oportunidades y condiciones, el ambiente donde van a desenvolverse ha permanecido restrictivo.
Al mismo tiempo que resulta en una inversión de dinero y esfuerzos desperdiciados, repercute en una realidad cruel e injusta que después de exitosamente preparar física, emocional y académicamente a una persona con discapacidades, éste se vea limitado no por la condición per sé, sino por las múltiples trabas sociales que afectan su participación efectiva con los restantes ciudadanos en las actividades naturales de una era moderna.
Lograr una cultura participativa y libre de barreras con reciprocidad adecuada presenta un desafío para todos los sistemas establecidos que intervienen, porque requiere grandes trasformaciones de lo conocido y/o existente. Y es un reto para los participantes “diferentes” porque tienen que verse propiamente como iguales, i.e. mismos derechos y responsabilidades.
Se hace imperativo concienciar a la ciudadanía de la importancia de respetar la diversidad y en ese escenario dar paso a las personas con discapacidades. Verlos como parte integral de la fuerza laboral; verlos participar como todos los consumidores en la publicidad regular; considerarlos cuando se diseñan estructuras, no porque lo dicte una ley sino porque el sentido común sugiere que el movimiento no debe ser restricto en aras a dar mayor libertad. Por diferentes circunstancias la movilidad de una persona puede verse limitada: un accidente, enfermedad, el proceso natural de envejecimiento, gordura o embarazo, pueden ser causas comunes que afecten imprevistamente la movilidad de una persona. Por lo que todos estamos expuestos a compartir similares barreras circunstanciales.
Por lo tanto significa que conjuntamente a que los sistemas establecidos provean acceso y participación, las personas comunes sean receptivas a dar oportunidad a las “habilidades diferentes” de las personas con discapacidades; y que propiamente el individuo con discapacidad y su familia se de la oportunidad de participar en igualdad de condiciones. Solo entonces se valorizará la diversidad como elemento enriquecedor del proceso común del crecimiento y colaboración colectivo con beneficios para todos los envueltos.
En fin, se requiere un nuevo enfoque de vida que implica mucho mas que permitir acceso, garantizar o reclamar un lugar: es permitir “la igualdad de condiciones que acerca la igualdad de pensamientos y funciones ”.



También estoy de acuerdo. Cómo estudiante de maestría de arquitectura, quisiera señalar que esto es y siempre ha sido algo que se atiende con mucho pensamiento y esfuerzo por cada diseño que se propone. Es parte de nuestra profesión y está permanente grabado en nuestro pensar a la hora de diseñar una nueva estructura, al menos sé que lo es para mí y es lo que me han enseñado durante mis 6 años de estudio. Señalo que también vivimos en una época de mayor concientización social referente a obstáculos y barreras arquitectónicas, dónde cada espacio y estructura pública, bajo ley, debe respetar ciertos códigos para personas con descapacidades, una concientización que no existía hace 50 años. Esto busca crear integración pero como mencionas, a la vez crea una aislación dentro de la actividad social, entonces, me pregunto,¿podríamos desglozar algunos espacios particulares como “aisladores”. Por ejemplo, ¿un edificio de multiples pisos se convierte en ese “lugar aislante”, si el ascensor se encuentra fuera de servicio? ¿Y qué sería un espacio de unión o de equidad?…¿Una plaza abierta? Y entonces,¿la rampa que representa la solución y remedio de escaleras para el acceso de un nivel más alto a un nivel más bajo o viceversa, juega entonces un papel de aislación social? Admito no tener las respuestas a todas estas preguntas pero si me ha abierto un poco más los ojos como arquitecto. Triste y lamentablemente no es algo evidente para nuestra sociedad. Cómo mencionas, el darle acceso nos hace pensar que estamos dando equidad y no es así. Aplaudo y agradezco mucho su observación y me comprometo a regar la voz entre amigos y arquitectos.
Como estudiante de una institución construida en 1903, he sido víctima del dolor físico y espiritual que traen consigo las barreras arquitectónicas. La situación no es juego de niños. Está en nosotros ser los ingenieros de la diferencia contra ascensores dañados, carreteras agrietadas y bloqueos actitudinales insensibles.
Estoy completamente de acuerdo con esta publicacion. Ya es hora de que todos de 1 manera u otra nos demos la mano y que las personas se den cuenta de que aunque tengamos algun tipo de limitacion tenemos el mismo derecho y responsabilidad de crecer, estudiar, trabajar y tener una familia como cualquier otra persona. Por que en esta vida todos somos iguales aunque algunos tengamos limitaciones y otros no.